Débil tregua en Gaza
Es la primera noche sin ataques en Gaza. Han pasado más de tres semanas de ofensiva israelí, el número de muertos ronda los mil cuatrocientos -al menos la mitad eran demostradamente ajenos a cualquier acción terrorista- y los heridos han superado con creces los cinco millares. Números abrumadores comparados con las trece bajas que ha sufrido israel.
Los periódicos se han llenado de testimonios estremecedores de palestinos que perdían absolutamente todo, familia y hogar. La saturación de los hospitales, según se nos ha narrado, se reflejaba en sus suelos que quedaban convertidos sencillamente en un inmenso mar de sangre. No se ha tenido reparo en arrasar con escuelas, en lisiar y asesinar a menores -más de cuatrocientos muertos- lo que ha contribuído a sembrar el terror entre la población palestina. Desde los primeros días el ataque de Israel ha sido aplastante, recrudeciéndose en la última semana, porque además de los objetivos militares concretos -y ambiguos- que el ejército se fijó como respuesta al ataque de Hamás, se ha pretendido demostrar al mundo islámico que el potencial israelí es capaz de la exterminación.
No en vano, la geografía urbanística de la franja de Gaza se presta a la vulnerabilidad. Prácticamente la totalidad del territorio, cercado por las fronteras con Israel y Egipto, está urbanizado. Es en sus calles, en emplazamientos civiles, donde la milicia de Hamás establece sus bases y sus arsenales -sencillamente, no hay otra posibilidad geográfica-. A Hamás no le importa exponer a la población palestina, mejor aún, cada muerto refuerza el sentir contra el pueblo israelí, es decir, refuerza a Hamás. El alimento del odio para colmo debilita a Al Fatah, el brazo político moderado de los palestinos, que ya ha sufrido duras muestras de rechado en Cisjordania. Son ya muchas generaciones nacidas en el conflicto, demasiadas décadas de enterrar familiares, de cuidar de mutilados y de educar a los supervivientes en el contexto del conflicto.
Agravando la situación, el bloqueo fronterizo, que intenta -no con demasiado éxito- detener el suministro de armas a Hamás, principalmente a través de los túneles de Rafah, supone tamabién el bloqueo a la ayuda humanitaria, condenando a los palestinos de la franja de Gaza a un aislamiento letal, una concentración masiva de población y el exterminio de la misma que ha hecho que defensores y simpatizantes de la causa palestina comparen el comportamiento de Israel hacia los palestinos con la que el pueblo judío sufrió de manos de los nazis.
Los periodistas entran de nuevo en Gaza, ahora que Israel empieza a retirarse, encontrando una ciudad completamente destruída y civiles que rescatan cadáveres de entre los escombros. Las imágenes del exceso israelí nos han sobrecogido, jóvenes mutilados, cadáveres de menores, niños que lloran perdidos en el caos de una ciudad derruída, la inocencia, en definitiva, destruída por el desmedido gigante israelí. Horas antes del alto el fuego un médico árabe residente en Israel perdió a su mujer y sus hijos en la franja de Gaza. Se preguntaba el doctor a quién estaban matando, qué clase de guerra es esta en la que muere la famila de un hombre que cura a ciudadanos israelíes, qué clase de ejército es capaz de ir más allá de lo militar para asesinar sin miramientos. Cabe preguntarse también dónde estaba la presión internacional cuando los ataques caían sobre escuelas de la ONU, qué sentido tiene la tibia o casi inexistente condena de la diplomacia internacional al uso de ciertas armas, a la acción militar en la que te todo vale para obtener unos objetivos ambiguos y que ha tenido libertad de actuación hasta que ha estimado conveniente.
Europa, con una actuación dimplomática excesivamente discreta durante las semanas del ataque, se implica ahora con la reconstrucción de Gaza. Reunidos en Egipto e Israel, con un Berlusconi durmiente, los líderes europeos establecieron este compromiso, no sin apelar a la figura del nuevo presidente americano, Barak Obama, quien tendrá que gestionar el acuerdo que Condoleeza Rice firmó con Israel, comprometiéndose a utilizar todos los medios posibles para controlar los pasos fronterizos y así detener el sumininstro de armas a Hamás, que suele entrar por las mismas vías que la ayuda humanitaria. Cuenta con la manifiesta voluntad de Egipto para hacer efectivo el desbloqueo de ayudas a la vez que se acaba con el paso de armas.
Hamás ha puesto un límite de siete días a Israel para retirar su ocupación, pero el gobierno de Tel-Aviv afirma que la retirada no será total mientras no haya garantías de que el alto el fuego de Hamás es firme, a la vez que asegura querer retirarse antes de que Barak Obama sea investido como presidente de los Estados Unidos; no desean, según afirman las autoridades israelíes, ocupar nningún territorio en Gaza porque no desean controlar la zona. Lo que sí pretenden es seguir contando con el apoyo de la nueva administración estadounidense en materia antiterrorismo. Todos estomos movimientos de acción de diplomática y de repliegue de tropas se hacen con la preparación suficiente para responder a un eventual ataque de las fuerzas de Hamás.
Está claro que quien domina la situación es Israel, como se han ocupado de demostrar durante las últimas tres semanas. Tal vez, si Israel se retira a tiempo y Hamás respeta el compromiso de no atacar, nos encontremos ante una nueva oportunidad de ver un germen de paz en Oriente Medio. Pero Hamás sale fortalecido estos días. El ataque desmedido de Israel alimenta el odio de un pueblo palestino que ya desprecia la posición moderada de Al Fatah y se identifica más con el primer precepto de los radicales, la destrucción del estado de Israel, y ya se teme que esto tenga la consecuencia de incrementar el poder de Hamás en los próximos comicios palestinos. Dicen también que la mayoría de la población israelí apoya la ofensiva -dado el dato, se suele añadir que los medios israelíes obvian las imágenes de muertos y heridos civiles-. Mientras las voces de guerra se sigan alzando por encima de las intenciones de paz, el alto el fuego seguirá pendiendo de un tenso y frágil hilo que puede romperse en cualquier momento.