El desorden en que vivíamos, es decir el orden en que un bidé se va convirtiendo por obra natural y paulatina en discoteca y archivo de correspondencia por contestar, me parecía una disciplina necesaria aunque no quería decírselo a la Maga. Me había llevado muy poco comprender que a la Maga no había que plantearle la realidad en términos metódicos, el elogio del desorden la hubiera escandalizado tanto como su denuncia. Para ella no había desorden, lo supe en el mismo momento en que descubrí el contenido de su bolso (era un café de la rue Réamur, llovía y empezábamos a desearnos), mientras que yo lo aceptaba y lo favorecía después de haberlo identificado; de esas desventajas estaba hecha mi relación con casi todo el mundo.
Rayuela, Julio Cortázar
Lo excitante de Rayuela no es sólo el París bohemio que queda perfectamente fotografiado en sus páginas, sino también la manera que tiene Julio Cortázar a arrastrar al lector a ese mundo, que es el suyo, a través de una prosa que fluye a la velocidad del pensamiento, retratando a la vez el círculo de tiza que, según nos cuenta, separa a Horacio Oliveira del mundo. La novela atraviesa toda la narración a través de ese mundo y de esos ojos, los de Oliveira, que se confunden con los de Cortázar, en un desorden de contradicciones que alcanza su manifestación física en el bidé lleno de discos y cartas, visto desde una atalaya que la propia novela critica:
Era clase media, era porteño, era colegio nacional, y esas cosas no se arreglan así nomás. Lo malo estaba en que a fuerza de temer la excesiva localización de los puntos de vista, había terminado por pesar y hasta aceptar demasiado el sí y el no de todo, a mirar desde el fiel los platillos de la balanza. En París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más ahincado del amor pedcía y acataba la pérdida y el olvido. Actitud perniciosamente cómoda y hasta fácil a poco que se volviera un reflejo y una técnica; la lucidez terrible del paralítico, la ceguera del atleta perfectamente estúpido. Se empieza a andar por la vida con el paso pachorriento del filósofo y del chlochard, reduciendo cada vez más los gestos vitales al mero instinto de conservación, al ejercicio de una conciencia más atenta a no dejarse engañar que a aprehender la verdad. Quietismo laico, ataraxia moderada, atenta desatención.
Todo encuentra a su contrapuesto en la figura de Horacio Oliveira, estudiante que no estudia: Buenos Aires y París, el voseo y el francés, el amor hacia la Maga y el menosprecio hacia ella misma que equivale a la autosuficiencia y al autodesprecio de Oliveira. Es seguramente esta contraposición la que enriquece la Rayuela de Cortázar, la capacidad de girar de la ironía a la seducción, de la crítica contundente al rubor del elogio, del aprecio al rechazo. Las escenas son vívidas, la lectura es sentida; es fácil situarse en el interior de ese círculo de tiza que rodea a Horacio Oliveira separándolo del mundo, quizás porque la idea del círculo es original, pero no tanto su existencia.

