Cortázar y el círculo de tiza

Publicado en Libros con etiquetas , , , , el Octubre 30, 2008 por Gotardo J. González

El desorden en que vivíamos, es decir el orden en que un bidé se va convirtiendo por obra natural y paulatina en discoteca y archivo de correspondencia por contestar, me parecía una disciplina necesaria aunque no quería decírselo a la Maga. Me había llevado muy poco comprender que a la Maga no había que plantearle la realidad en términos metódicos, el elogio del desorden la hubiera escandalizado tanto como su denuncia. Para ella no había desorden, lo supe en el mismo momento  en que descubrí el contenido de su bolso (era un café de la rue Réamur, llovía y empezábamos a desearnos), mientras que yo lo aceptaba y lo favorecía después de haberlo identificado; de esas desventajas estaba hecha mi relación con casi todo el mundo.

Rayuela, Julio Cortázar

Lo excitante de Rayuela no es sólo el París bohemio que queda perfectamente fotografiado en sus páginas, sino también la manera que tiene Julio Cortázar a arrastrar al lector a ese mundo, que es el suyo, a través de una prosa que fluye a la velocidad del pensamiento, retratando a la vez el círculo de tiza que, según nos cuenta, separa a Horacio Oliveira del mundo. La novela atraviesa toda la narración a través de ese mundo y de esos ojos, los de Oliveira, que se confunden con los de Cortázar, en un desorden de contradicciones que alcanza su manifestación física en el bidé lleno de discos y cartas, visto desde una atalaya que la propia novela critica:

Era clase media, era porteño, era colegio nacional, y esas cosas no se arreglan así nomás. Lo malo estaba en que a fuerza de temer la excesiva localización de los puntos de vista, había terminado por pesar y hasta aceptar demasiado el sí y el no de todo, a mirar desde el fiel los platillos de la balanza. En París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más ahincado del amor pedcía y acataba la pérdida y el olvido. Actitud perniciosamente cómoda y hasta fácil a poco que se volviera un reflejo y una técnica; la lucidez terrible del paralítico, la ceguera del atleta perfectamente estúpido. Se empieza a andar por la vida con el paso pachorriento del filósofo y del chlochard, reduciendo cada vez más los gestos vitales al mero instinto de conservación, al ejercicio de una conciencia más atenta a no dejarse engañar que a aprehender la verdad. Quietismo laico, ataraxia moderada, atenta desatención.

Todo encuentra a su contrapuesto en la figura de Horacio Oliveira, estudiante que no estudia: Buenos Aires y París, el voseo y el francés, el amor hacia la Maga y el menosprecio hacia ella misma que equivale a la autosuficiencia y al autodesprecio de Oliveira. Es seguramente esta contraposición la que enriquece la Rayuela de Cortázar, la capacidad de girar de la ironía a la seducción, de la crítica contundente al rubor del elogio, del aprecio al rechazo. Las escenas son vívidas, la lectura es sentida; es fácil situarse en el interior de ese círculo de tiza que rodea a Horacio Oliveira separándolo del mundo, quizás porque la idea del círculo es original, pero no tanto su existencia.

H. G. Wells: La guerra en nuestro mundo

Publicado en Libros con etiquetas , , , , , el Octubre 28, 2008 por Gotardo J. González

Tripode de La guerra de los mundos

Trípode de La guerra de los mundos

La guerra de los mundos de H. G. Wells no es sólo una fantasía científica, una obra de ciencia ficción con la trama basada en unos rasgos imposibles dentro de nuestra realidad, sino una descripción exhaustiva de una invasión alienígena que nos parece, a través de las palabras de la novela, perfectamente plausible. Los marcianos de La guerra de los mundos dejan de ser inimaginables para convertirse en una amenaza posible: sus herramientas se corresponden con una tecnología que, en la misma línea de la humana, ha avanzado más; sus intenciones, lejos de corresponderse con una maldad o unos instintos abstractos, tienen un origen con el que puede identificarse la humanidad, así lo hace H. G. Wells:

«Antes de juzgarlos [a los marcianos] con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente no tan sólo a especies animales, como el bisonte y el dodo, sino razas humanas culturalmente inferiores. Los tasmanienses, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años, que emprendieron los inmigrantes europeos. ¿Somos tan grandes apóstoles de misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque los marcianos combatieran con ese mismo espíritu?»

Aquellos marcianos que invadieron la Tierra en 1898 a través de las páginas de La guerra de los mundos eran tan cercanos a los seres humanos que se les puede ver, desde un principio, cometer errores en el uso de sus herramientas, caer derribados de sus trípodes, tener que detenerse a hacer reparaciones. Aún más, los pasajes de guerra recuerdan a cualquier escena bélica, con el cuidado que tuvo H. G. Wells de no excederse en las posibilidades de los marcianos, que desde un principio se nos muestran poderosos, pero no omnipotentes o infalibles. La historia de La guerra de los mundos atemoriza porque está construida con piezas que, si bien son ficticias, se asemejan a artefactos comprensibles por el lector. Tanto es así que a lo largo de la historia se han realizado varias adaptaciones radiofónicas con resultados de histeria colectiva, la más famosa la de Orson Welles en 1938. El miedo funcionaba de maravilla, el pueblo sentía el pavor de ser eliminado por las manos de un ser superior -miedo que en lo bélico se repetirá en Estados Unidos durante la Guerra Fría, en la actualidad plagada de amenazas terroristas, el mismo miedo en esencia, sea cual sea su origen, la bomba atómica o un avión secuestrado-.

Hay, finalmente, una clave en la cercanía que tienen los marcianos de Wells: en algunos pasajes, estas bestias horrendas venidas del espacio parecen profundamente inspiradas en el ser humano -como en el pasaje que ya cité antes-. No se trata sólo de una crítica al colonialismo o al imperialismo, sino una forma de ver el miedo desde el lado del aterrorizado.

Bunbury y la memoria de Pedro Casariego Córdoba

Publicado en música con etiquetas , , , , , el Octubre 27, 2008 por Gotardo J. González

Mucha gente ha hablado de las apariciones de palabras del poeta Pedro Casariego Córdoba en algunas canciones del nuevo dissco de Enrique Bunbury, Hellville De Luxe. Ha hablado mucha gente pero las palabras son pocas: casi todo lo que se puede leer en Internet es una copia directa del blog de Quico Alsedo, hasta ahora una de las pocas personas que han opinado con cierta argumentación lógica, aunque sin desprenderse del color amarillento de unos textos, los suyos, que en ocasiones tienden al bofetón no siempre justificado.

En resumen, sólo se puede desprender de estos textos que hay quien encuentra en el uso que ha hecho Bunbury de la obra de Pedro Casariego una manifiesta falta de elegancia. Cuando sale a relucir la palabra plagio, hay que andarse con cuidado, hay que saber que lo que es en realidad el plagio -y el plagio, para bien o para mal, es lo que dice la ley, no lo que diga el DRAE-, y hay que seguir siendo consciente de que nos enfrentamos a obras originales, inspiradas o no en otras, tomen o no piezas de los poemas de Pedro Casariego. Nadie debería acusar a Enrique Bunbury de un plagio que no existe, y nadie lo hará, al menos nadie en sus cabales o nadie que prefiera no sacar las cosas de quicio.

Sigo dándole vueltas a Hellville De Luxe -suena ahora mismo-, sin disfrutarlo con una pasión aguda pero también sin poder desprenderme de él, porque quizás este sea un disco en el que Bunbury ha vuelto a cantar, sin tener la brillantez inspirada de Lady Blue o la intensa belleza de El aragonés errante, pero sí bebe de la crudeza de Flamingo’s y se recrea en las melodías bien cuadradas de Hay muy poca gente y Bujías para el dolor. Sigo dándole vueltas y convenciéndome de que la polémica del plagio es, además de una gilipollez, consecuencia del desconocimiento de la obra de Pedro Casariego. Si el disco se hubiera llamado En un lugar de la Mancha o Ser o no ser, no haría falta citar fuentes, ustedes saben de qué hablo; pero al titularse El hombre delgado que no flaqueará jamás -palabras que tampoco me parecen excesivamente ingeniosas- surgen interesados en aprovechar que la inmensa mayoría del público que podría escuchar a Bunbury o leer las críticas que se le han hecho no tiene la más mínima idea de quién fue Pedro Casariego, interesados en reclamar a Bunbury que cite unas fuentes que nadie suele citar, porque no tiene sentido escribir una interminable nota a pie de página en la que un artista de nuestro tiempo recorra los milenios de creación musical y literaria universales que han sido necesarios para llegar a día de hoy.

No creo que sea necesario citar a un poeta como Pedro Casariego sólo por el hecho de que sea un perfecto desconocido para los agnósticos de las artes, no creo que sea necesario por la misma razón por la que no es necesario decir que el tema El hombre delgado que no flaqueará jamás bebe más de Bob Dylan que de otra cosa, porque no es necesario enumerar las fuentes de los acordes que se repiten a lo largo de la historia de la música, ni de las palabras en que nos recreamos desde hace miles de años. Sencillamente escuchemos, recreémonos, pidamos a nuestros artistas que nos dejen un margen para desgranar su obra e ir descubriendo sus fuentes.

Las palabras no sirven para nada, decía Pedro Casariego, y retomó Bunbury esas palabras que, en realidad, a mí habían recordado a una frase muy parecida, leída en otro contexto, que Rafael Alberti utilizaba en su poema Nocturno:

Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre
se escucha que transita solamente la rabia,
que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
y en las médulas arde continua la venganza,
las palabras entonces no sirven: son palabras.

Y a su vez, el concepto de que las palabras son inútiles, es posiblemente tan antiguo como el lenguaje, ya decía Lao Zi, con unas palabras que nos llegaron más o menos así desde el chino de tiempos de Confucio, en una traducción de no sé quién:

El nombre que puede nombrarse,
no es el nombre permanente.

Esta idea precupaba a su vez a ciertos filósofos griegos y se ha transmitido a lo largo del tiempo, se ha conservado no en el pensamiento popular, sino en el pensamiento de los pensadores. ¿Tenemos la garantía de que esas palabras sean originales de Pedro Casariego?.

Se me ocurren montones de ejemplos con casos similares -Sabina repitiendo estructuras gramaticales en su versos a la manera de Leonard Cohen, interpretando melodías que suenan a Chris Isaak o parafraseando algún tango cantado por Gardel; Cervantes jugando con personajes de ciertas novelas de caballería-. Se trata, al fin y al cabo, de formas de expresión que alguien creó algún día, piezas que conforman el engranaje de una obra de arte que, sin lugar a dudas deben pasar a formar parte del pueblo y de los nuevos creadores -y me temo que en esta ocasión el problema radica en que la popularidad de Pedro Casariego es ínfima-.

¿Cómo defender la originalidad de un concepto, de un grupo de quince o veinte palabras escogidas de entre un número finito de vocablos? ¿Quién puede atreverse a negarle a un artista un proceso de aprendizaje, unas herramientas de construcción? ¿Quién puede juzgar a alguien por haber sabido, por haberse cultivado, por haber adquirido recursos? ¿Por qué no condenar mejor la falta de ingenio, la falta de fuentes, la incapacidad creativa, la simplicidad, la invención sin ingenio? ¿Cómo negarnos el derecho a hacer nuestro el regalo artístico de otra persona?

Zara Patricia Mora Vázquez. Libros online

Publicado en Libros con etiquetas , , , , el Octubre 24, 2008 por Gotardo J. González

Zara Patricia Mora Vázquez colaboró durante un tiempo en la Revista de Cultura Lenguas de Fuego, en una sección de medio ambiente. Desde hace un tiempo, gracias a los sistemas de autopublicación en Internet, están disponibles dos obras suyas: el poemario Sobrevivir a la vida y la recopilación de teatro breve Sobre el altiplano vuelan las arañas, ambas editadas en Bubok y en Lulu, a diferentes precios y formatos, pero ambas disponibles en descarga gratuíta.

La recomendación que les hago es sencillamente que le presten atención. Se trata de obras de una autora que pretende darse a conocer y que están disponibles a tan solo unos clicks, ya saben, aquello que reclaman los Internautas de los autores: la edición digital gratuíta para, más tarde, elegir si se compra la obra o no.

Que no sea garrafón, por favor

Publicado en General con etiquetas , , el Octubre 23, 2008 por Gotardo J. González

Había dos cosas capaces de interrumpir aquellas madrugadas de charla: que el camarero nos echara o que el garrafón fuera intragable. Recuerdo aquel día en que un amigo -que sé que prefiere que su nombre no aparezca aquí- se dejó dos copas enteras de Ron Pálido y se marchó a casa incapaz de seguir con aquel brebaje inmundo. Eran necesarias aquellas noches, eran necesarias aquellas copas que nos hacían perder la noción del tiempo y nos mantenían despiertos hasta esa hora en que el frío de la madrugada es el preludio del amanecer; eran necesarias en la medida en que necesitábamos charlar de lo que, aún hoy, consideramos importante: nuestra música, nuestra literatura, nuestra manera de construir una forma de mirar el arte imitando las miradas de otros, gente que había sabido mirar a las palabras, a los sonidos, a las imágenes, o a todo esto a la vez, de forma que sus obras nos habían hecho sentir, sentir en el esplendoroso sentido de estar vivos, porque corrían tiempos en que las clases en la facultad nos aburrían hasta la desesperación, los trabajos nos envenenaban, alejándonos de lo que habíamos entendido como el mundo real, el mundo de los vivos, el mundo en el que podíamos disfrutar plenamente de aquello a lo que llaman Inquietud, de modo que yo charlaba con ellos, intercambiábamos opiniones, descubrimientos -A. Infante me descubrió a John Coltrane y a Paul Auster, José L. Ballesteros me recomendó a Boris Vian, Paul Bitternut me llevó al éxtasis de leer a Juan Ramón Jiménez, y a tantos otros-.

Imagino que la necesidad de abrir este blog viene de entonces, de aquellas noches, de tener un espacio en el que, alejándome un poco de la visión del blog personal, pueda escribir un diario de pequeño descubrimientos, de pequeños disfrutes, la música que escucho día a día, lo que leo cada noche, teniendo además el soporte de la web 2.0 -horrible expresión, útil herramienta- para que ustedes, el público que aún no tengo y que espero que vaya llegando poco a poco, haga en la sección de comentarios exactamente lo que hago yo aquí, contar cosas, recomendar obras, en definitiva, intercambiar, sin que nos joda la noche un mala mezcla de garrafón con cola.